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enero 10, 2019
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enero 8, 2019
Participé en mi primera jornada en 2016. Escogí ser voluntaria dentro del área de Contenido Internacional en el departamento de Comunicación. Aunque esta no sería la primera vez que asistía a un evento como periodista, este evento era diferente. Los organizadores depositaron en nosotros toda su confianza.
La JMJ me regaló una gran serenidad junto a Jesús. Durante esas dos semanas a veces era difícil ir a las misas, en una parte por la barrera del idioma, pero también porque estaba muy ocupada en escribir las notas. Sin embargo, yo podía sentir la fuerza del Evangelio al escribir, como si cada una de mis dificultades encontrarán una respuesta.
Esa fuerza también se debía al equipo, conformado por personas de todos los rincones de la tierra, trabajando en conjunto para escribir las notas en las nueva lenguas oficiales de la JMJ. En esa oficina, donde más de veinte voluntarios compartían las tareas, también se sentía el ambiente que estaba en las calles de Cracovia. Bueno, tengo que reconocer que nosotros no bailamos y cantamos muy poco. Sin embargo ahí reinaban la ayuda mutua, el compartir y la comunicación. No pude estar en el Campo de la Misericordia para la Vigilia. Nosotros organizamos nuestra propia vigilia, acompañando la que veíamos en la televisión, mientras trabajamos en el sitio. Al mismo tiempo escribíamos con entusiasmo los artículos sobre la peregrinación y los testimonios. Por eso, cuando el Papa nos llamó a construir puentes, fue como si nos hubiéramos transportado al Campo y nos tomamos de las manos. Cuando comenzó la adoración, nos levantamos a rezar - yo nunca me hubiera imaginado rezando frente a una pantalla.
Esos momentos me hicieron entender que no importa el lugar, no importa lo que estemos haciendo, si nos ponemos servir a Nuestro Señor con todo nuestro corazón, Él nos llenará de una gran alegría.
Anne Laure, Francia