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La experiencia de la JMJ se entrecruzan profundamente con mi camino de fe y vocacional. El primer recuerdo es haber seguido por televisión, a los 12 años, las imagénes de Roma en el año 2000, con el inolvidable San Juan Pablo II, a quien tengo mucha devoción. También, seguí la JMJ de Colonia y Sidney por los medios, pero cuando el Papa Benedicto anunció que en el 2011 sería en Madrid, surgió en mi corazón un gran anhelo de participar.
Lo que parecía imposible, fue haciéndose posible por esos misteriosos caminos de Dios, y así, siendo ya seminarista, y con un grupo de peregrinos, viajamos a España. Allí viví una experiencia que me marcó para siempre: los Días en las Diócesis, en un pueblo del sur llamado El Palmar, donde pudimos sentir cómo la fe nos une y nos vincula más allá de todas las diferencias. Fue en la JMJ de Madrid donde pudimos sentir la belleza, la fuerza y la catolicidad de la Iglesia, unida junto a Pedro, en la persona de Benedicto XVI que, a pesar de la tormenta, eligió quedarse con nosotros.
Dios quiso que también estuviera en Río, aunque unos meses antes parecía imposible, gracias a la generosidad de algunas personas que me ayudaron a llegar y allí nos encontramos con un Papa llegado de nuestra tierra argentina. En Cracovia, siendo ya sacerdote, pude participar con un grupo de jóvenes de mi parroquia, visitando la tierra del amado Juan Pablo II.
La JMJ es una experiencia muy fuerte de fe, que nos ayuda a sentirnos parte de una Iglesia llena de vida que supera todas las fronteras. Así fue y es para mí. Y lo veo como un regalo de San Juan Pablo II, su gran iniciador.
Sebastián Zagari, Argentina