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Cuando tenía 15 años, escuché a unos jóvenes que se hacían llamar “peregrinos”, durante los avisos parroquiales de la misa. Mucho tiempo después, en la misma parroquia, en la misma banca, durante la misa, volví a escuchar: “Hermanos, venimos en nombre de la Delegación de Peregrinos de la Parroquia a pedir de su ayuda…” Mis oídos escucharon el resto, pero mi alma saltó al instante y dije: “¡Quiero ser peregrino!” La JMJ en Madrid me esperaba.
A esa Jornada asistí como único representante de la Comunidad Católica Nueva Alianza de El Salvador, y le prometí a Dios que en la próxima JMJ llegaría con otros jóvenes de mi comunidad.
Así fue. En Río 2013, nuestro grupo creció. Fuimos siete los elegidos que emprendimos el viaje, y aunque teníamos algunas dudas, pudo más la ilusión de reunirnos en torno a Jesús, junto a millones de jóvenes y el papa Francisco.
Brasil fue nuestro segundo hogar durante la Semana Misionera (antes de la Jornada). Cada familia que nos acogió dejó en nosotros una huella imborrable. Mi experiencia en dicha semana, fue hermosa. Mi familia brasileña me recibió con un amor que, hasta hoy, no puedo entender ni explicar. Pero lo más bello de todo fue cómo todo trascendió.
Antes de iniciar la semana de las actividades principales de la JMJ, la emoción era palpable. Poco a poco Río se fue llenando de alabanzas, música y mucho amor de Dios. Pero nunca imaginé lo que sucedería. Saliendo de la catedral de Petropolis di un mal paso en las gradas y me caí. De emergencia, con ayuda de mis hermanos peregrinos, fuimos al hospital más cercano. El diagnóstico fue una fractura en el tobillo derecho.
Pasaron las horas y yo no pude contactarme con nadie de mi grupo. En el hospital, Dios me envió a un ángel vestido de sacerdote que se apiadó de mi caso y me ayudó con los gastos y la movilización. Hasta casi la media noche, finalmente pude ver a mis hermanos de comunidad. Desde lejos vi venir a una de mis mejores amigas, que al verme con yeso y apenado por todo lo causado, solo me abrazó. En medio de ese abrazo empecé a llorar como nunca, y solo dije estas palabras: “¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios!”.
A la mañana siguiente encontré el regalo más lindo que me han dado. Mi familia brasileña durante la Semana Misionera, viajó cuatro horas para llevarme una silla de ruedas y un par de muletas, y así no tuviera excusas para participar en la Jornada. Durante esos días aprendí el valor del servicio, y cómo se manifiesta el verdadero amor del peregrino, que trasciende barreras y fronteras.
Este es mi testimonio. He entendido que la JMJ no es un viaje más; es un proyecto que sorprende y que nunca es el mismo, donde todos somos uno y Él se manifiesta en nosotros. Ahora somos 25 personas las que nos preparamos para estar Panamá.
Rodrigo Oviedo, El Salvador