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Mi primera JMJ fue en Polonia. Mi fe estaba viva y yo deseosa de cómo sería una JMJ, quería conocer esa experiencia. Debía de ser algo muy grande para atraer a tantos jóvenes como veía en los vídeos que buscaba en YouTube. Esta sería mi primera JMJ y desde luego no mi última, porque todas las JMJ que nos tocan a lo largo de nuestra juventud, son por algo.
Polonia nos estaba esperando y ha dejado huella en muchas almas, entre ellas, la mía.
La historia de Polonia ha forjado el espíritu cristiano de la nación de manera increíble, por lo que el ambiente en el que nos movíamos era de lo más favorable para sacar el máximo fruto de esta experiencia. Además, yo iba preparada y tenía las herramientas necesarias para que eso sucediese, y de una manera u otra, sucedió. Porque yo no volví igual.
Esas misas de infinito número de personas, porque también cuentan los que están en casa viéndola, y con un silencio que lo dice todo, tocan el alma. Estábamos los discípulos de Cristo, unidos, amándonos unos a otros como él nos ha amado, cogiendo fuerzas para conquistar el mundo bajo su bandera, con su amor. Justo después de la comunión, era imposible que habiendo comulgado tanta gente, teniendo tanta gente a Cristo dentro, –como yo— no se percibiese su presencia ahí, con nosotros, guiándonos el camino. Un camino que ahora no sigo igual, que ahora sigo con todos los cristianos del mundo, juntos, no sólo con los de mi parroquia. La JMJ me abrió los ojos, me regaló vivencias, me enseñó mundo y me acercó a Cristo. Me demostró que la Iglesia es una y que sólo ahí llegaré a ser santa, que es a lo que todos estamos llamados.
María Palfi, España