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He ido a dos JMJ: Río y Krakow. Como venezolano, debido a la realidad socio-política del país, ir a una JMJ es toda una travesía, una misión casi imposible. Sin embargo, Dios no se deja ganar en generosidad. En Krakow, viví una experiencia que marcó un antes y un después en mi vida. Después de todas las dificultades del mundo para poder llegar y estar nostálgico porque mis jóvenes, por los cual vivo y desvivo, no pudieron estar en esa experiencia, y sentirme culpable por estar en "un viaje" mientras mi gente se muere de hambre; hizo de este inicio de jornada, un conflicto en mí.
Pero Cracovia, tierra de santos, logró darme una lección que guardo en mi corazón. Un país devastado por la II guerra mundial, destruido por el odio nazi, se levantó y ahora es Tierra de gracia. Tierra de grandes santos y mártires, tierra de amantes de Jesús, tierra de un pueblo que en Dios se levantó, para construir la Civilización del Amor.
Fue en la gente, en tantos jóvenes que invadieron Polonia, en los obispos que daban catequesis, en las familias de acogida, en todos aquellos que al verme con la bandera de Venezuela, me brindaban un abrazo de solidaridad y de amor, llenándome de esperanza, sintiendo el dulce amor de mi Dios que gritaba: ¡No están solos, el mundo ora por ustedes! Descubrí que en el desierto, se experimenta la brisa de Dios que en tiempos difíciles brillan los mejores santos. La JMJ de Krakow me llenó de la más pura esperanza de volver a mi país y trabajar para dar a Jesús a un pueblo desesperanzado, de llevar ese fuego que enciende otros fuegos. Hoy estoy en camino vocacional con la Compañía de Jesús para entregarme radicalmente a la obra de dios por mi país muriendo para dar vida, una vocación que inició gracias a una Jornada Mundial de la Juventud.
Andersson Mavares, Venezuela