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Recuerdo muy bien el día que decidí ir a la JMJ Colonia 2005. El Papa San Juan Pablo II había fallecido dos días antes, y yo me sentía triste y confundida. Pensé en las veces en que lo había visto por la TV, junto a mi abuela y mi mamá, celebrando las misas de clausura de las Jornadas de París y Roma.
"Luego, tú vas a estar ahí", decía mi abuela. Busqué cuando sería la siguiente JMJ, y para mi sorpresa solo faltaban unos meses. Sabía que quería ir pero aún estaba esperando que llegara la confirmación de la beca para estudiar mi carrera en Estados Unidos. Cuando mi mamá regresó a casa le dije que quería ir como voluntaria a la JMJ para practicar mi francés e Italiano. Ella me contestó: "Bueno, vamos a buscar boletos baratos para que conozcas al siguiente Papa."
La noche después de la misa de clausura le llamé para contar todo lo que había pasado. Nos despedimos antes de que tomara mi vuelo a la mañana siguiente y me dijo que teníamos que ahorrar para Sydney 2008.
Cada vez que faltaba un año para la JMJ, ella me preguntaba si iba meter mi solicitud de voluntaria. Rezábamos el Rosario cuando mandaba la solicitud, cuando llegaba la respuesta y cuando me llevaba al aeropuerto. Cuando me sentía triste o preocupada, ella me decía: "Confía".
Al regresar de la JMJ Madrid 2011, me abrazó en el aeropuerto de Tucson, Arizona. Estaba contenta porque había vuelto, pero se sentía un poco mal. Pasaron las semanas y su "gripe" no se le quitaba. Me llamó un día para decirme que le harían unas pruebas, pero que no me preocupara. Tres semanas después llegaron los resultados. La diagnosticaron un tipo de cáncer en la sangre llamado Waldenstrom Macroglobulenemia. Regresé a México de Estados Unidos para estar con ella. Pero cada vez que me sentía agobiada de verla tener tanto dolor y no poder hacer nada, ella me decía: "Confía".
Unas semanas antes de que saliera para la JMJ Río 2013, le dieron la remisión. Lloré la primera noche en Brasil porque sentía que la había abandonado. Recé el Rosario diario con un grupo de voluntarios que se convirtieron en amigos muy especiales. La parroquia de Larangeiras, dónde me estaba hospedando, incluyó a mi mamá en sus peticiones diarias. Regresé a casa sabiendo que tenía varias decisiones que hacer respecto a mi futuro. Fue un tiempo difícil, pero entendí que Dios quería que usara mi tristeza y mi dolor para servirle. En enero de 2014 descubrí qué significaba eso.
Mi mamá tuvo una recaída muy fuerte. Nadie se explicaba por qué había vuelto el cáncer o por qué se estaba sintiendo tan mal, cuando había estado muy bien los últimos meses. Cada tratamiento era más complicado y doloroso. Pero aún, cuando estaba sintiendo un dolor insoportable, ella solo decía: "Dios mío, te amo". Falleció en agosto de ese año. Cuando llegué a nuestra parroquia con sus cenizas, me preguntaron si quería leer el Salmo. No podía ni contestar ni hablar, pero finalmente dije que sí. Cuando me tocó leer, comencé el Salmo 23: "El señor es mi pastor...".
Mi mamá me dio tanto durante su tiempo aquí en la Tierra, pero creo que su testimonio y su fe han sido lo que más ha dejado huella en mi vida y en la de otros. Ella me mostró que el sufrimiento puede ser un don; una manera de fortalecer nuestra fe y confianza en Dios. Ella me enseñó que una sonrisa puede ser el mejor regalo que se le puede dar a alguien; es fácil ser negativo, pero usar tu cansancio para convertirlo en alegría puede ser lo que cambie el día de alguien más. Es por ella que iré a la JMJ Panamá 2019.
María Suarez, México