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enero 13, 2019
Nunca he ido a una Jornada Mundial. Mi primer recuerdo de una es escuchar por tele “Panis Angelicus” durante la Misa de Apertura en Río en el 2013.Entre muchísimas banderas ondeaba una de Costa Rica. Se me salieron unas lágrimas. Yo llevaba poco rato redescubriendo mi fe católica, también en proceso vocacional y veía en el televisor a miles de jóvenes que estaban reunidos porque conocían a mi mejor amigo, a ese dador de aventura que se llama Jesús de Nazaret. Cuando uno ve a tanta gente, lo más fuerte es la sensación de que somos muchísimos los amigos de Jesús, de que esta familia, la Iglesia, es enorme, de que este amor que sentimos es más grande que todas las fronteras culturales, sociales, políticas; y que no es una idea abstracta la que nos mueve, sino una experiencia densa de encuentro con una persona, que no nos deja quietos y lleva a anhelarlo más.
En Cracovia estuve muy cerca, literalmente. Estaba con mi familia en Alemania, pero por diferentes circunstancias no pude ir a la Jornada. Compartí en Berlín con unos amigos que iban de peregrinos a la Jornada y recuerdo despedirme de ellos y tomar con lágrima el tren que me llevaba a Leipzig, donde estaba mi familia. Sentía que había algo demasiado grande que me estaba perdiendo. Lo entendí y lo acepté. En ese momento mi peregrinaje más importante era estar con mi familia.
Aunque había rumores muy fuertes, la noticia oficial de que la Jornada iba a ser en Panamá seguía sorprendiendo. El evento más grande de la Iglesia y la juventud iban a ocurrir en la casa de mi vecino.Nunca pensé vivir esta Jornada como la estoy viviendo en este momento, como voluntario internacional, teniendo la experiencia de vivir esa universalidad de nuestra Iglesia meses antes; desde adentro; trabajando y aportando un poco para que este evento sea lo más enriquecedor para los peregrinos y voluntarios.
Meses antes de venir como voluntario a Panamá dirigía la comunicación de Días en las Diócesis Costa Rica, y dentro de eso recorrí todo el país junto a los símbolos que Juan Pablo II le regaló a los jóvenes; la cruz peregrina y el icono de Salus Populi Romani, para hacer cobertura fotográfica y audiovisual. Fueron casi dos meses de viajar por las 8 diócesis de mi país, con una mochila y mi equipo audiovisual, conociendo muchas parroquias, muchos jóvenes deseosos de convertirse en protagonistas de sus comunidades, dándolo todo por la Iglesia y por Jesús; siendo recibido como peregrino y acogido con cariño.
Alguien me dijo que al rato me iba a aburrir pero no fue así.Cada experiencia era muy distinta. Tantos jóvenes reflejados en estos símbolos, sus propias cruces, sus sueños, todo lo que cargan en sus vidas; lograban ver el abrazo de acogida de María, que nos trae la salvación; se sentían unidos a un proyecto más grande que ellos, a la universalidad de la Iglesia, una casa abierta para todos y todas.
En alguna actividad de Pastoral Universitaria una vez hablamos sobre qué parte de la casa seríamos en nuestra misión eclesial. Yo escogí la ventana. Ventana para hacer que los que están afuera puedan ver lo bella que es la casa y que los que están adentro puedan contemplar a Dios presente en lo que está afuera. Una especie de puente estético entre la Iglesia y el mundo. Ahí estoy seguro que está mi misión.
El trabajo que hacemos hoy en la oficina de Comunicación de la Jornada Mundial intenta llevar a eso. Que muchos se sorprendan de lo bello que es ser católico, de lo increíble que es adentrarse en la amistad con Jesús de Nazaret; de lo apasionante que es conocer la vida de tantos santos, que no tuvieron miedo de decirle que sí a Cristo, y la posibilidad de decirle hoy también que sí.
David Selva, Costa Rica