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En el año 2016, cuando tenía 19 años, entré en un desierto, no sabía cuál era mi vocación, a lo que Dios me llamaba. Rezaba casi todos los días preguntándole a Dios qué quería de mí, pero no encontraba la respuesta.
Ese verano, fui a la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia y un día, durante el encuentro con Kiko Argüello (iniciador del camino Neocatecumenal) con los jóvenes, él le pedía a los jóvenes que sintieran el llamado a ser sacerdotes o monjas que se levantaran y recibieran la bendición del Señor. Una chica joven de mi parroquia se levantó; Recuerdo que lloraba de alegría, estaba tan contenta. Me alegré mucho por ella, la abracé y pensé: “Señor, ¿yo a qué estoy llamada? No he sentido el llamado en este encuentro, ¿entonces qué?”
Al llegar a Opole (Polonia), fuimos a la catedral. Nos dieron 15 minutos de tiempo libre, yo opté por quedarme en el primer banco sentada delante del Santísimo que estaba expuesto en la misma catedral. Le decía al Señor: “Qué bien se siente estar en Tu presencia”. Estaba en una paz con Él en ese momento.
Le volví a preguntar sobre mi vocación. Luego de un tiempo veo a una monja que estaba rezando el rosario y pensé que quizás eso era lo que Dios quería de mí; pero de repente aparece un chico con una camiseta roja, se sienta con una gran firmeza y se arrodilla.
Estábamos a la misma altura del banco, sólo que yo estaba en la parte izquierda y él a la derecha. Miré al chico, luego al Señor, y PUM! En ese momento, mi corazón tuvo un profundo deseo de la FAMILIA DE NAZARETH y pensé : “Yo quiero esto, estar con un chico. Con nuestra mirada puesta en el Señor, sólo en Él. ¡Yo quiero esto! Estar los dos juntos, pero que nuestro centro sea Jesús, como la familia de Nazareth ¡Dios mío quiero esto!”. Mi corazón se exaltaba de gozo porque Dios me había mostrado mi vocación. Le dije: “Gracias, por mostrarme mi vocación Señor, ¡gracias!”.
Melissa Molina Soria, España